Podría ser una adivinanza ingenua comenzar lanzando el enigma de quién de nuestros tres autores hoy enlazados (entrecruzados o volteados) resulta el responsable de tal cita textual. Y absurdo resulta mantener tal enigma hasta el final, pero así lo haremos como hilo de perdición o locura de esta entrada.
Maurice Blanchot nos abre una grieta de luz invisible en sus incalificables opúsculos "El instante de mi muerte" y "La locura de la luz" que tan brillantemente publicó TECNOS en 2007.
Hace pocos días encontré esta magnífica edición en la Librería PASAJES y me lo llevé de la mano de una librera que me dijo fue uno de los libros que más le habían emocionado.
Ya predispuesto ante un autor favorito, se abrió así una refracción temporal o puerta transitoria del estilo de una escena muy simbólica que luego me encontraría en el libro captada como el "instante a partir del cual la luz, habiendo tropezado con un acontecimiento verdadero iba a apresurarse hacia su fin".
Desde luego, hay caos e inconexión en tales hendiduras librescas, pero confluyen hacia una "ligereza" vital que deja una huella indeleble si se quiere pedir algo más a la realidad.
Sin duda se obtiene de Blanchot mucho más que teorías. Son más bien entrecruzamientos de sabiduría temática, como los que deparó su amistad estrecha y prolongada en el tiempo con el filósofo Enmanuel Levinas.
A la izquierda el primero y a la derecha el segundo, no dejaron de pensar ambos con paralelismos lúcidos en lo desconocido, por infinito, que es el otro.
Misterios presentes en "La rubia de los ojos negros" donde, conforme se publicita, John Banville es Benjamin Black es Raymond Chandler (Alfaguara, Madrid, 2014).
Auténtica resurrección literaria de este último, el afamado Banville recrea un género negro que ya domina con su conocida serie de un forense más sentimental que detectivesco, pero cuyas atmósferas cautivan al más exigente ante tales ambientes contaminados.
Me he permitido leer esta novela con tableta electrónica adaptando la secuencia de lectura a un formato parecido al de los clásicos de bolsillo del Libro Amigo de Bruguera o las Selecciones del Séptimo Círculo de Alianza Emecé, y así me he separado del rutilante formato de lanzamiento para sumergirme en la profunda negrura de las apretadas tipografías que tanto transpiran las situaciones de este género filosófico.
Porque sólo hay filosofía con la vida, el detective acaba siendo el verdadero investigador de las profundidades, de los disfraces vitales y de los engaños vergonzosos.
En esto, aunque sea tópico, gana el detective al forense, y así se hace más negro y actualizado un genero que, sujeto a los clásicos teléfonos fijos, se mueve más en el interior que en las calles californianas que son transitadas como paisaje existencial por tantas de sus líneas.
Anclada en una sola calle de Nueva York, sin embargo, pero también rescatada de muchos decenios atrás, Seix Barral (Barcelona 2013) ha editado una novela de Don DeLillo de 1973, "La calle Great Jones", con todo el aroma de un apocalipsis existencial enfrentado a las espumas del estrellato pero con honda raíz humanística.
Muy próxima a las atmósferas sociales del afamado comic de Alan Moore, Watchmen, el devenir personal de una estrella del rock se convierte en pretexto de una caída en la soledad que recuerda al "preferiría no hacerlo" del "Bartleby, el escribiente" de Herman Melville.
El atrapamiento personal del protagonista es una magnífica metáfora de un mundo sin sentido, máxime cuando a su alrededor, más allá de negras perversidades alucinógenas, el más orientado parece ser "un hombre que tenía las manos sobre los ojos como si fueran prismáticos, volviéndose lentamente hacia una esquina de la calle, con sus nubes, taxis, pájaros, detectives, todo ello náuticamente contemplado por aquel hombre giratorio, tal vez borracho en el pasado pero ahora ya situado en algún lugar más allá, perseverando, en pleno control de sus facultades, sintiendo que había encontrado una forma de tratar con el mundo" (pág. 291).
Haciendo del "hombre giratorio" nuestro guía, como pudiera serlo otro cualquiera de los investigadores del "afuera", distinguimos filosofías del eterno retorno.
Una pista final para resolver la adivinanza: un ponente (Sergio Antoranz) del Seminario Nietzsche de la Universidad Complutente, me dijo el otro día en La Casa del Lector que Banville había citado en ocasiones a dicho filósofo en sus críticas o entrevistas literarias.
Seguiremos volteando profundidades y superficies caóticas.


