No voy a reiterar ningún rasgo biográfico de los muchos que aparecen en los más diversos medios culturales, pues me voy a limitar a glosar la fascinante lectura de una de sus novelas, que se ha entrelazado con dos poemas de un renombrado poeta francés en hondo juego filosófico.
Ante un paisaje de capital y campo franceses, Salter nos introduce en un paraíso de la sensualidad más abierta, donde el sexo se vive con la naturalidad de una juventud sin límites y gozosa de sus posibilidades en los movimientos más elegantes por territorios de deseo interior y exterior, cual no deja de relucir el uso de un lujoso descapotable de la marca Delage como vehículo que surca tal firmamento.

Bajo estas miradas significativas puede ilustrarse el intenso viaje que supone la novela, pues el deslumbramiento de su cenital sensualidad no deja de enmarcarse en el contraste de una pareja de inconsciente vitalismo frente a un omniscente relator que se mueve entre su observación más impúdica y su virtual recreación de los mismos.
El amigo que cuenta en primera persona los meses del erótico idilio de la pareja nada tiene que ver con la formación del trío convencional (aunque no deje de haber deseo en el observador), sino que pretende confundirse espiritualmente con ellos:
"El tiempo resplandece y Soñar es saber", dice el último verso de la segunda estrofa del "CEMENTERIO MARINO" (1920) de Paul Valéry, en uno de esos avatares filosóficos en que el poeta tradujo con lucidez el trabajo intelectivo frente a la eternidad del alma.
Sin duda hay mucho más que pensamiento en este grito poético, pues parece haber una llamada a la creación humana más íntima, que es lo que parece que Salter también invocó en ese OTRO personaje, aparentemente NEUTRO CREADOR, que desde luego se implica hasta la pasión más que latente en la recreación de sus personajes.
El propio autor dirigió en 1969 una película titulada "THREE" en la cual aparece el trío de la foto, que bien pudiera encarnar el de los protagonistas de su novela "JUEGO Y DISTRACCIÓN".
Bajo estas miradas significativas puede ilustrarse el intenso viaje que supone la novela, pues el deslumbramiento de su cenital sensualidad no deja de enmarcarse en el contraste de una pareja de inconsciente vitalismo frente a un omniscente relator que se mueve entre su observación más impúdica y su virtual recreación de los mismos.
El amigo que cuenta en primera persona los meses del erótico idilio de la pareja nada tiene que ver con la formación del trío convencional (aunque no deje de haber deseo en el observador), sino que pretende confundirse espiritualmente con ellos:
Me veo como un agent provocateur
o como un agente doble,
primero en un lado (el de la verdad)
y luego en el otro, pero entre los dos,
en los reveses, en las deserciones súbitas,
es fácil olvidar totalmente la lealtad
y sentir sólo la alegría honda
de esta más allá de todos los códigos,
de ser completamente independiente,
"criminal" es la palabra.
...
Algunas cosa, como he dicho, las vi,
otras la descubrí y otras las soñé,
y ya no diferencio unas de otras.
(pág. 63, Salamandra, Madrid, 2013)
"El tiempo resplandece y Soñar es saber", dice el último verso de la segunda estrofa del "CEMENTERIO MARINO" (1920) de Paul Valéry, en uno de esos avatares filosóficos en que el poeta tradujo con lucidez el trabajo intelectivo frente a la eternidad del alma.
Sin duda hay mucho más que pensamiento en este grito poético, pues parece haber una llamada a la creación humana más íntima, que es lo que parece que Salter también invocó en ese OTRO personaje, aparentemente NEUTRO CREADOR, que desde luego se implica hasta la pasión más que latente en la recreación de sus personajes.
Frente a este deseante pensador la pareja encarna unas liviandad, ligereza y libre goce vitales que se envidia por todos los poros para martirio del agente provocador.
Estoy dispuesto a confesarlo todo,
no tengo el menor instinto de escapar
o mentir, pero Dean, ah,
la recibiría con una sonrisa.
Ahí reside toda la diferencia.
No soy lo bastante fuerte para amarla.
Hay que ser egoísta. (Pág. 203)
El observador es incapaz de la acción, y ya no sólo cuando está en juego el deseo o la atracción, sino incluso cuando se requeriría por lealtad o desvelamiento de la mentira.
El objeto de deseo y hasta de recreación se hace impenetrable para este OTRO, a pesar de cuanto ha puesto en admirar la delicia de la sensualidad, pero carece del espíritu de la liviandad o la naturalidad del disfrute.
Una liviandad también impenetrable para la misma pareja pues se muestra oculta en un silencio insondable:
Él abre las puertas del balcón,
pero no la contraventana.
Apaga la luz. Ella, de inmediato,
le hace sitio en la cama,
como liberada por la oscuridad.
Sus manos, esas manos delgadas,
se posan en el cuerpo de Dean.
Él yace inmóvil. Su silencio,
su inmovilidad, agradan a Annie.
Definen su propia existencia.
Tiene que conquistarlos.
Claro que es sólo un juego. (Pág. 197)
Forcejeos y gritos agudos de doncellas,
los ojos y los dientes y los húmedos párpados,
el seno encantador que juega con el fuego,
la sangre brilladora en los rendido labios,
y los últimos dones por dedos defendidos,
bajo tierra va todo y todo entra en el juego.
Como simbólico es su otro celebérrimo poema "LA JOVEN PARCA" (1917), reunido con el CEMENTERIO MARINO en una muy versada edición de CÁTEDRA de la que recojo un pasaje cautivador:
¡Qué caos de tesoros esa sierpe! ¡Qué mina
de deseos que huían de aquella mi avidez,
y que sombría sed de pura límpidez!
Como dijo Blanchot comentando otras obras de Valéry es
la Eva delante del Árbol,
"soberbia sencillez,
transparencia de las miradas,
tontería orgullo felicidad"
(La parte del fuego, Arena Libros,
Madrid, 2007, pág. 252)
Finalmente, George Steiner en LA POESÍA DEL PENSAMIENTO (Siruela) observó cómo de los comentarios del filósofo Alain a este y otros poemas de Valéry, podía concluirse la evidencia de que:
Los dos coinciden en que sólo la poesía
puede hacer realidad el a priori de la filosofía
consumando formas que circunscriban
el conocimiento antes de que exista el conocer.
Lo que vive la pareja recreada por el otro observador se erige en un sueño de la mayor autenticidad poética.




