domingo, 8 de febrero de 2015

JOYCE JOHNSON personajes secundarios BANVILLE BLACK ordenes sagradas PLATH iguales SENSIBLES

Últimamente han coincidido los más auténticos testimonios de mujer en insospechados rincones de aparentes orbes masculinos.


Estudio de figura sentada, 1957, Silvia Plath, Dibujos Ed. Nórdica 2014

Comencé a leer "Personajes secundarios" de Joyce Johnson por su  recreación de la generación "beat" y a raíz de una crítica de mujer que me pareció inmisericorde para con otra mujer, al presentar a su autora y amigas como "las que quisieron ejercer de prima donnas" respecto de las rutilantes estrellas de Kerouac, Ginsberg y otros.
Joyce aparece en el segundo plano de la foto, tras Kerouac
                                     
Me pareció cruel la crítica y más me lo ha constatado la lectura de un testimonio verdaderamente vital y vívido, donde más que competir por nada, esas jóvenes lucen en su autenticidad sentida más allá de las payasadas vitales de los famosos, a los que admiran -sí- pero cuya precariedad emocional se hace patente y tan verosímil que las hace más protagonistas vivas a ellas, que a tales mayormente iconos.



A las chicas, la lucha por la libertad 
les resultó mucho más complicada. 
Con todo, aquélla fue mi revolución. 
Yo no me moví de Nueva York. 
Tan sólo dejé el barrio en el que había crecido
 y me mudé al sur de Manhattan. 
Y, por accidente, terminé acompañando
 a Jack Kerouac en el centro del escenario,
 donde estaba la acción, aunque siempre 
me sentí en los laterales. 
Me sumergí en el papel de observadora 
mucho más de lo que hubiera deseado. 
Y, aunque no tomé apuntes, 
me repetía: «Acuérdate de esto»

Joyce se sabe a un lado pero capta y actúa de primera mano su propio devenir, y también las de unas amigas con las que comparte una entrada difícil en una emancipación juvenil y libertad superior, mayormente costosa para la mujer.

                              

Frente a foto típica tan masculina de la camaradería juerguista de los estudiantes icónicos y paradigmáticos de la generación, se erige un relato de sentida e íntima amistad que lleva un marchamo femenino envidiable. Así, Joyce rescata a sus anónimas amigas con mayor sentimentalidad dramática que tales divos:


Allen Ginsberg veía en la desnudez 
la mejor defensa contra el mundo. 
Una desnudez tan pura e indiscriminada, 
tan absoluta, que no dejara lugar 
a interpretaciones. La leyenda tan sólo 
tenía cabida en la realidad del instante efímero.
 Así, Elise fue un momento en la vida de Allen.
 En la de Elise, Allen fue una eternidad


Miro el ojo azul y amoratado de Kerouac
 e interpreto su melancolía como la mirada
 de un hombre necesitado de amor porque
, entre otras cosas, tengo veintiún años. 
Creo en el poder curativo del amor, 
igual que los ingleses creen en el té 
y los católicos en los milagros de Lourdes

                                     lu-anne-henderson-1947

Ellas aman profundamente y parece que, por ejemplo, el mayor amor de Kerouac habría sido su madre, a cuyo refugio tendía y acudía como lo más seguro, mientras no sabía bien cómo atender las emociones amorosas de pareja.


Para Hettie, el negro se convirtió 
en el color de muchas otras cosas, 
de las cosas más auténticas 
que había conocido jamás,
 de una expresión de la experiencia más pura, 
de una sabiduría primigenia que los barrios blancos 
les negaban a sus hijos….   
«Los dos nos adentramos en el matrimonio
 —escribe LeRoi Jones— cual vacilantes
 exploradores en la costa 
de algún país desconocido. 
Pero no estábamos preparados 
para los conflictos interiores 
que América depararía a una unión 
como la nuestra, y nuestra vida en el Village
 a duras penas nos protegió de los conflictos
 tradicionales, los exteriores.» 
El ensayo acerca de estos años 
que publicó en 1980, Confesiones 
de un antiguo antisemita, constituye 
una desconcertante apología 
de su vitriólico repudio del 
ambiente cultural posbeat 
—corría el año de 1965— y de la mala fe 
de la que hizo gala al denunciar 
públicamente a su esposa Hettie
 y a los amigos blancos que siempre
 lo apoyaron y lo arroparon


Le Roi Jones con Diane Di Prima, poesta de la Beat Generation
                     
Así terminó el desafío interracial de esta otra amiga en unos años 50 que fueron resistidos mejor por la esposa que por el marido, a pesar de la indudable valentía superior de aquélla.

Un contexto que aparece representado vitalmente en el libro y que, con sensible apreciación de escritora, Joyce trasmite con la gran dosis de reflexión que le da la distancia temporal:


Pero en 1957 todas estas cosas aguardaban 
en el futuro. En aquellos días de emoción y esperanza 
—esperanza en las cosas de verdad, e
n las convicciones profundas, 
en las experiencias vividas; 
en todo aquello que no fuera mera pose
— parecía anidar un potencial 
de transformación tremendo… 
Nunca terminé de encajar en los años sesenta. 
A pesar de todos sus fuegos de artificio, 
me parecieron decepcionantes, 
como si un desenlace prometedor 
hubiera quedado truncado. Ante mis ojos, 
los hippies reemplazaron a los beatniks; 
los sociólogos, a los poetas; 
los lienzos desnudos, a los Klines. 
Desanimada, contemplé la emergencia 
del «estilo de vida». La antigua intensidad 
se disolvió en el «Haz lo que te toca»,
 consigna que evocaba una libertad 
en la que no quedaba rastro 
de las luchas pasadas. 
El éxtasis ya era químico, para olvidar
 bastaba con una receta del médico. 
La revolución estaba en el aire,
 pero nunca triunfó; y si hubiera triunfado, 
Jack no habría tenido cabida en sus ortodoxias.

                                  

Intentando cambiar de registro y ambiente, seguidamente me sumerjo en la atmósfera negra de nuestro último Premio Príncipe de Asturias de Las Letras, John Banville, bajo el seudónimo de Benjamin Black, y sus ORDENES SAGRADAS, de reciente publicación en Alfaguara.

                                               Portada de Órdenes sagradas

Y la sorpresa es que bajo el seductor cuerpo de mujer de la portada se esconde también una historia con alma de mujer. Aunque su protagonista no deja de ser el singular forense, Quirke, que hipnotiza toda la serie de historias del Dublín de los años 50 del pasado siglo, cobran fuerza emotiva su hija, Phoebe, y una amiga de la misma, que resulta ser la hermana gemela del asesinado sobre el que gira la historia-

La situación debería haber sido triste,
pero por la razón que fuese no era así.
Resultaba imposible resistirse al encanto
de las historias de la joven,
a su mordacidad, a su risa.
Era la clase de persona que Phoebe 
hubiera deseado tener como amiga.
¡Qué pena que viviera en Londrés!
Al pensar esto, Phoebe cuestionó,
como hacía a menudo,
su propia decisión de permanecer
en aquella ciudad, pequeña y sombría...
Se compadeció de sí misma,
aunque intuyó que no como
la mayor parte de las personas 
que se compadecen de sí mismas,
sino a cierta distancia,
casi de forma desapasionada...
Había heredado de su padre
ese don del desdoblamiento,
si acaso se trataba de un don.
(Ob. cit. págs. 126-127)

Son especialmente intensas las páginas dedicadas a tal amistad sorprendente y arriesgada, cuya intimidad llena de luz la oscura historia del fallecido hermano.

Lo más glorioso de esta novela negra es que lo de menos son las pesquisas, que se sustituyen por revelaciones en estados insospechados, así como el desenlace se acaba buscando más por el pálpito de visiones en otros rostros y miradas que por la persecución del objeto investigado.

Otro Dibujo de la desgraciada poeta Silvia Plath, NórdicaLibros 2014, pág. 74
Banville recurre al ámbito marginal de los "thinkers" y su paralelo lenguaje vulgar para voltear el registro habitual del género y renovarlo a perspectivas diferentes, y en particular a la sensibilidad profunda de las mujeres, con la que se entrelazan las dos novelas que comento.

Envidio esa intimidad de algunas amistades entre mujeres, como algo de lo que parecer verse privado el hombre, y a lo que me resisto con todas mis entrañas, reivindicando ese singular grito de igualdad que esgrimió la actriz Emma Watson en una famosa intervención reciente en la ONU:

Tanto los hombres como las mujeres 
deberían sentirse libres para ser sensibles. 
Tanto los hombres como las mujeres 
deberían sentirse libres para ser fuertes. 
Es hora de que veamos los géneros 
como un espectro en lugar de dos ideales opuestos.
 Deberíamos dejar de definirnos 
por lo que no somos y empezar a definirnos
 por lo que somos. Podemos ser más libres 
y esto es de lo que trata HeForShe. 
Es sobre la libertad. Quiero que los hombres 
acepten la tarea para que sus hijas, 
sus hermanas y sus madres puedan ser libres
 de prejuicios pero también que sus hijos
 tengan el permiso de ser vulnerables 
y humanos también que reclamen 
partes de ellos que habían abandonado, 
y con ello, sean una versión más verdadera 
y completa de ellos mismos

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